jueves, 27 de septiembre de 2012

imagenes de Arequipa, Perú

Compartimos algunas imágenes de la ciudad de Arequipa, al sur del Perú. Una ciudad que nos sorprendio por su belleza, su casco historico tiene la singularidad de estar construido con piedra volcanica (la ciudad esta rodeada de volcanes, lo que le dá un marco espectacular), enormes piedras grises, que, junto con la arquitectura barroca mestiza y los techos abovedados dan un aspecto medieval muy particular. El contraste con Bolivia es muy grande, Arequipa es una ciudad moderna, limpia, ordenada, que mantiene sus espacios historicos y los fusiona con la arquitectura contemporanea de un modo muy elegante.











Es una ciudad hermosa, pero que pasado el primer momento, el del deleite estetico , no nos llegó a sorprender como las ciudades bolivianas, en las cuales las tradiciones originarias están mas presentes, y donde la cotidianidad tiene aspectos que para nosotros nos resultan incomprensibles en una primer lectura.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Impresiones generales de Bolivia, nos despedimos de este hermoso país!


Un mes de nuestro viaje, más de 30 días por Bolivia. Un país que a pesar que ambos conocíamos, nos sigue sorprendiendo, asombrando, inquietando. Es difícil definir o describir un país, porque de alguna manera sería reducirlo a una mirada en particular, la de un extranjero, vecino, pero ajeno en fin. De todas maneras, advirtiendo esta condición de espectador, me atrevo a dar mis impresiones de Bolivia.
Cada ciudad tiene su idiosincrasia, como cualquier lugar del mundo, pero hay condiciones o características que se encuentran presentes en muchos de los lugares por lo que pasamos como visitantes. Aquella que más nos impresiona a la primer mirada es la asimetría y el caos arquitectónico. Parece como si las construcciones se fueron armando bloques sobre bloques, disarmónicos, a medio construir, con el ladrillo hueco rojo de cara al transeúnte. Y en este caos sorprenden los vidrios azules, espejados, mezcla de estilos que hacen difícil acordar una estética. O si, es la estética de este país.
Este caos está presente en las calles, donde las bocinas y la desorganización son moneda corriente, sobre todo en La Paz, donde además, el emplazamiento geográfico forma como un embudo, donde uno a lo lejos, divisa miles de construcciones encimadas unas con otras, desparramadas por la montaña.
Llama la atención también la organización de la economía cotidiana. El mercado, es la arteria principal de las ciudades. Más limpios, organizados o variados, todos se caracterizan por ser la opción de compra diaria del ciudadano media. De las pocas localidades en donde hay un supermercado, nos sorprendimos al ver transitar en el mismo poca gente, y su mayoría extranjeros como nosotros. A pesar de encontrar precios más bajos y comida refrigerada (nuestra meta esencial al visitarlos) los lugareños guardan la tradición del pequeño puesto, lo que de alguna manera pensamos contribuye a la subsistencia de muchas familias y no de una acumulación de capital. La venta ambulante es lo más habitual de encontrar en las calles, desde comida, artesanías, mapas antiguos, jugos, o cualquier cosa que uno pueda imaginar necesitar mientras camina o recorre la ciudad. No se descarta el recuerdo de una foto, por eso en cada plaza principal hay hombres con cámaras profesionales e impresoras portátiles, que en cuestión de minutos, te entregan una fotografía de tu hijo sentado sobre el marco de flores, o la que necesites para algún trámite de carnet.
Bolivia, por momentos, me pareció el país de la espera, de la paciencia. Entender otra lógica de ritmos, que hacen que un colectivo nunca salga a horario ni que el trayecto dure las horas estimadas en un principio. Entender que en cada parada subirán muchas personas a vender sus productos para acompañar el viaje, al ritmo de canticos ofreciéndolos parecidos a los de la lotería nacional. Y acostumbrarse a los mismos en cada terminal, a pesar de que la infraestructura posee carteles luminosos electrónicos que podrían reemplazar estos gritos, en los que uno piensa como quedará la garganta de ese empleado al finalizar la jornada laboral. Acostumbrarse a modos de actuar que generan inconvenientes, y que creemos que podrían solucionarse con actuaciones de sentido común, como cobrar un boleto al subir al colectivo y evitar de esta manera problemas con los morosos que ya hicieron su recorrido, pero claro, resueltos desde nuestro sentido común, que no es el mismo del pueblo boliviano.
En ocasiones, uno tiene que pararse constantemente para no juzgar, para entender el contexto de observador ajeno, para entender que la precariedad de muchas de las cosas cotidianas son producto de un imprintig cultural, de una forma de constituirse como país, cultural y educativamente. De nada sirve compararse desde el lugar peyorativo, sino desde la posibilidad de entender porqué a solo un camino de límite geográfico de separación, somos en algunos aspectos tan diferentes.
Sólo me separan unas cuantas horas en colectivo de este país limítrofe, pero las suficientes para que mucha gente, por mis ojos claros, intente hablarme en inglés. De todos modos, las fronteras son imposiciones políticas e históricas que nada tienen que ver con la cultura de un pueblo, ya que en la Quiaca misma, me sentía igual de extranjera que en Potosí.
Las cholas, aquellas mujeres robustas, vestidas con polleras plisadas, remeras bordadas, trenzas largas de cabello oscuro y pesado y sombrero simpático, siempre llamaron mi atención. Imponen una distancia, desde la mirada, el lenguaje, la gestualidad. Parecen reacias al contacto con el diferente, al visitante con su cámara fotográfica, tal vez justamente por este lugar de espectáculo en el que fueron ubicadas. Es difícil no tentarse a retratarlas, ya que son intrigantes. Más de una vez me pregunte, ¿cómo es la vida de esta chola que lava su ropa en el lago Titicaca? ¿Cómo pasará el resto de las horas del día? ¿Tendrá conflictos existenciales?  No puedo dejar de pensar en eso cada vez que veo un ritmo sereno, rutinario, al salir a la plaza y ver a la misma mujer sentada con su exprimidora de naranja, moviéndose de a ratos, con pasos lentos, en busca de algún posible comprador. ¿Existe diferencia entre esta vida y la de aquella persona que trabaja horas rutinarias y frenéticas en un supermercado? Son preguntas que me circulan por la mente, como tantas otras, que trae aparejado el viajar, el no tener rutina, el disponer de tiempo de observadora de la realidad.
Bolivia es un país que además de estas impresiones culturales sigue sorprendiéndome por sus bellezas naturales. La inmensidad de sus montañas, los atardeceres más lindos que vi en mi vida, el azul del lago Titicaca, el clima ideal de algunas de sus ciudades.
Pero lo que más me conmueve y llena de emoción interna es presenciar sus fiestas y celebraciones. Todos bailan, todos cantan, todos tocan instrumentos. La religiosidad vivida de otra manera, dejando el silencio que caracteriza a la comunidad católica argentina, por procesiones llenas de color, alegría, cantos, y hasta alcohol. Un lindo sincretismo producto de fusiones históricas, que también tienen su huella de un pueblo que fue sometido pero que luchó por conservar algo de lo suyo.
Sin dudas, Bolivia es un país que invita a recorrer, a descubrir, a asombrarse y emocionarse. A dejar de lado ciertas pautas culturales establecidas como lo “correcto”, para dejarse llevar por el conocimiento de un pueblo distinto, fuerte y emocionante.

martes, 18 de septiembre de 2012

imagenes de Copacabana












Copabana, Bolivia

Copacabana, en las orillas del lago TItikaka ( el lago navegable a mas altura del mundo, 3800 mts) es un pueblo marcado por su historia de peregrinaciones religiosas. La virgen de Copacabana convoca miles de personas, y cada día cientos llegan hasta la catedral a bendecir sus autos, rogar, o agradecer a la virgen.
Copacabana esta a orillas del lago sagrado, donde se ubica la isla del sol, lugar de nacimiento del primer inca en la mitología andina. Fue, antes de ser un punto de llegada de las peregrinaciones cristianas, un punto de descanso hacia la isla.
Yo recordaba el pueblo como un lugar apacible, quieto, con colores tenues, aroma a puerto de pescadores, un pueblo con callejuelas adoquinadas y casas de adobe, una bahía de piedras y aguas cristalinas. De alguna manera, seguía siendo un punto intermedio de peregrinaciones (ahora de turistas) que se dirigían a la Isla del Sol.
En este viaje volví a conocerlo, primero tuve que adaptarme a verlo diferente, no como lo recordaba, en principio esa diferencia me molestó, la bahía esta repleta de patos de plástico con pedales, se lleno de hoteles construidos con dudoso gusto estético y ningún cuidado por el entorno. El agua un poco mas turbia, bastantes edificios de ladrillo rojo sin reboque.
El pueblo esta decidido a afirmarse como enclave turístico, y en esa dirección se mueve. Quizás atentando contra si mismo, pero los locales están contentos con este cambio. La gente está orgullosa de esos patos y de los hoteles. Sienten que el pueblo "se esta moviendo".
La virgen continúa atrayendo fieles que repiten tradiciones construidas durante siglos de pujas entre la simbología que el cristianismo impuso y los rituales originarios que encontraron el modo de seguir presentes, camuflados entre estampitas de la virgen.
El pueblo aun conserva mucho de su encanto, el marco natural es impresionante, y para reecontrarse con ese pueblito que recordaba solo bastó caminar unos 20 minutos por la playa, o subirse a alguno de los muchos cerros que lo rodean y dejarse conmover por el tremendo paisaje.
Los atardeceres desde el cerro "El Calvario" son alucinantes. La paleta de naranjas es furiosa y los colores del ocaso se proyectan sobre los cerros y recortan los perfiles de las montañas del lago.
Es un pueblo en plena metamorfosis,  fusionando sin mucha planificacion su pasado de lugar sagrado y su pretendido futuro de atracción turística internacional, seguramente si en unos meses o en unos años vas a visitarlo, ya será muy diferente a lo que vimos estos dias.
Ojalá ese crecimiento no se desboque, es un lugar hermoso

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Entrada de la Virgen de Guadalupe a Sucre



En estas fiestas lo que domina el ambiente es el fervor. Todo es con fervor. La devocion a la virgen, las ofrendas, la lucha por el mejor lugar para mirarla. El auto mas cargado de ofrendas y objetos para bendecir, la mirada de reojo al auto de al lado a ver si tiene mas cosas y es mas colorido que el propio. Pasarse por arriba si es neceario para que la virgen lo vea primero.
Aturdir a la virgen con mas y mas fuegos artificiales, bailar hasta el calambre, Y seguir bailando igual.

(un parentesis)

La pierna se hunde lentamente, se funde con la superficie tibia. Los músculos se tensan, el cuerpo se prepara para una súbita pérdida del equilibrio. Con los brazos extendidos busca donde aferrar la planta del pie para agarrarse con dedos y uñas
El pantanoso terreno del otro tiempo. Del otro tiempo íntimo, el de la expectativa.
La sustancia del tiempo es quizás la que más se continúa transformando en este viajar.
Cuando deja de escrutarte desde la pared, desde ese panóptico interno que es la torre del reloj, cuando el tiempo de los minutos deja de ser ese fraccionamiento natural de la vida y pasa a ser un monolito recordatorio de ciertas puntualidades (el colectivo sale a las 19 hs), comienza a latir y tomar fuerza otro tiempo. Ese otro tiempo constante, no segmentado, ese otro tiempo que como una brisa caliente sobre la espalda te recuerda que esta presente, y que Siempre lo estuvo.
Espacio maleable de la ansiedad, de la posibilidad. Espacio habitado por fantasias y por distancias.
Ese tiempo se despejó en su inmensidad, allí, en ese espacio entre deseos, entre umbrales, es donde mis pies descalzos se hunden.

Santi

lunes, 10 de septiembre de 2012

Sucre, la ciudad blanca

Llegamos a Sucre con la ilusión de una nueva fiesta al igual que en Potosí, pero no nos imaginamos que ésta iba a desbordar nuestros sentidos ampliamente. La celebración de la Virgen de Guadalupe, acontecimiento que reúne a miles de personas de distintas partes del país, comenzó el viernes con recitales al aire libre, fuegos artificiales y bailes. El sábado por la mañana nos sorprendimos al ver cientos de autos decorados con mantas típicas, peluches, dinero, objetos de plata, y todo lo que el Sucrense considere necesario ofrecer a la virgen como agradecimiento y recibir su bendición. Es muy interesante observar el sincretismo que se produjo entre la religión católica y las costumbres de culturas originarias, fundiéndose unas con otras, entre lo sacro y lo pagano.
Si algo aprendimos en este viaje es que hay que envidiar el fervor y el entusiasmo que pone el pueblo boliviano para sus fiestas. Las noches del sábado y el domingo se llenaron de niños, adolescentes y adultos desfilando por las calles centrales, ensayando sus bailes típicos: morenada, tinku, diablada, caporales, chuta, cada uno con sus pasos y melodías tradicionales, llenos de ritmo y sincronización. Este fin de semana era solo un ensayo, el próximo se hará el desfile con los trajes especiales, pero no importa si es ensayo o no, si de festejar se trata los bolivianos saben como disfrutarlo. Hemos contemplado la mayor cantidad de fuegos artificiales de nuestra vida y nuestros ojos no podían dejar de ver todo lo que pasaba a nuestro alrededor.
Así nos sorprendió Sucre, no sólo con su fiesta, sino con su bella arquitectura, su limpieza y la movida cultural que se respira. Al pie de los cerros Sica Sica y Churuquella, ofrece una vista impagable desde el mirador ubicado en el barrio de Recoleta, donde se respira un aire colonial y moderno a la vez.
Nos alojamos en el hostel Amigo, un lúgubre edificio, hermoso, pero mal conservado, donde por 80 bolivianos tuvimos pieza privada, wifi, cocina (con muy pocos utensilios para usar), desayuno y agua caliente las 24 horas. Llegamos y lo odiamos y después de varios días nos terminamos encariñando, como nos pasa siempre. Recomendamos para comer una pizzería sobre calle Argentina, Napoles Pizza, donde comimos por 40 bolivianos con la alegría de volver a probar un plato conocido. 
Sucre es denominada la "ciudad blanca" por el predominio de este color en el casco histórico y es una ciudad patrimonio de la humanidad. Es la capital constitucional de Bolivia, antes sede de los tres poderes, hasta la guerra civil de 1898, donde La Paz se quedo con el poder del cuerpo ejecutivo y legislativo, como se conserva actualmente. Sus habitantes son más bien conservadores y lo demuestran las calcomanías en los autos con la inscripción de "100% chuquisasqueño, oligarca y qué". Es sede las primeras universidades latinoamericanas, donde se formaron los próceres revolucionarios, y es la ciudad donde nació Juana Azurduy.














 






 
Vale la pena quedarse unos días, mucho para ver, mucho para hacer; sin dudas la ciudad de Bolivia que más nos gusta.