Un mes de
nuestro viaje, más de 30 días por Bolivia. Un país que a pesar que ambos
conocíamos, nos sigue sorprendiendo, asombrando, inquietando. Es difícil
definir o describir un país, porque de alguna manera sería reducirlo a una
mirada en particular, la de un extranjero, vecino, pero ajeno en fin. De todas
maneras, advirtiendo esta condición de espectador, me atrevo a dar mis
impresiones de Bolivia.
Cada ciudad
tiene su idiosincrasia, como cualquier lugar del mundo, pero hay condiciones o
características que se encuentran presentes en muchos de los lugares por lo que
pasamos como visitantes. Aquella que más nos impresiona a la primer mirada es
la asimetría y el caos arquitectónico. Parece como si las construcciones se
fueron armando bloques sobre bloques, disarmónicos, a medio construir, con el
ladrillo hueco rojo de cara al transeúnte. Y en este caos sorprenden los
vidrios azules, espejados, mezcla de estilos que hacen difícil acordar una
estética. O si, es la estética de este país.
Este caos
está presente en las calles, donde las bocinas y la desorganización son moneda
corriente, sobre todo en La Paz, donde además, el emplazamiento geográfico
forma como un embudo, donde uno a lo lejos, divisa miles de construcciones
encimadas unas con otras, desparramadas por la montaña.
Llama la
atención también la organización de la economía cotidiana. El mercado, es la
arteria principal de las ciudades. Más limpios, organizados o variados, todos
se caracterizan por ser la opción de compra diaria del ciudadano media. De las
pocas localidades en donde hay un supermercado, nos sorprendimos al ver
transitar en el mismo poca gente, y su mayoría extranjeros como nosotros. A
pesar de encontrar precios más bajos y comida refrigerada (nuestra meta
esencial al visitarlos) los lugareños guardan la tradición del pequeño puesto,
lo que de alguna manera pensamos contribuye a la subsistencia de muchas
familias y no de una acumulación de capital. La venta ambulante es lo más
habitual de encontrar en las calles, desde comida, artesanías, mapas antiguos,
jugos, o cualquier cosa que uno pueda imaginar necesitar mientras camina o
recorre la ciudad. No se descarta el recuerdo de una foto, por eso en cada
plaza principal hay hombres con cámaras profesionales e impresoras portátiles,
que en cuestión de minutos, te entregan una fotografía de tu hijo sentado sobre
el marco de flores, o la que necesites para algún trámite de carnet.
Bolivia, por
momentos, me pareció el país de la espera, de la paciencia. Entender otra
lógica de ritmos, que hacen que un colectivo nunca salga a horario ni que el
trayecto dure las horas estimadas en un principio. Entender que en cada parada
subirán muchas personas a vender sus productos para acompañar el viaje, al
ritmo de canticos ofreciéndolos parecidos a los de la lotería nacional. Y
acostumbrarse a los mismos en cada terminal, a pesar de que la infraestructura
posee carteles luminosos electrónicos que podrían reemplazar estos gritos, en
los que uno piensa como quedará la garganta de ese empleado al finalizar la
jornada laboral. Acostumbrarse a modos de actuar que generan inconvenientes, y
que creemos que podrían solucionarse con actuaciones de sentido común, como
cobrar un boleto al subir al colectivo y evitar de esta manera problemas con
los morosos que ya hicieron su recorrido, pero claro, resueltos desde nuestro
sentido común, que no es el mismo del pueblo boliviano.
En
ocasiones, uno tiene que pararse constantemente para no juzgar, para entender
el contexto de observador ajeno, para entender que la precariedad de muchas de
las cosas cotidianas son producto de un imprintig cultural, de una forma de
constituirse como país, cultural y educativamente. De nada sirve compararse
desde el lugar peyorativo, sino desde la posibilidad de entender porqué a solo
un camino de límite geográfico de separación, somos en algunos aspectos tan
diferentes.
Sólo me
separan unas cuantas horas en colectivo de este país limítrofe, pero las
suficientes para que mucha gente, por mis ojos claros, intente hablarme en
inglés. De todos modos, las fronteras son imposiciones políticas e históricas
que nada tienen que ver con la cultura de un pueblo, ya que en la Quiaca misma,
me sentía igual de extranjera que en Potosí.
Las cholas,
aquellas mujeres robustas, vestidas con polleras plisadas, remeras bordadas,
trenzas largas de cabello oscuro y pesado y sombrero simpático, siempre
llamaron mi atención. Imponen una distancia, desde la mirada, el lenguaje, la
gestualidad. Parecen reacias al contacto con el diferente, al visitante con su
cámara fotográfica, tal vez justamente por este lugar de espectáculo en el que
fueron ubicadas. Es difícil no tentarse a retratarlas, ya que son intrigantes.
Más de una vez me pregunte, ¿cómo es la vida de esta chola que lava su ropa en
el lago Titicaca? ¿Cómo pasará el resto de las horas del día? ¿Tendrá conflictos
existenciales? No puedo dejar de pensar
en eso cada vez que veo un ritmo sereno, rutinario, al salir a la plaza y ver a
la misma mujer sentada con su exprimidora de naranja, moviéndose de a ratos,
con pasos lentos, en busca de algún posible comprador. ¿Existe diferencia entre
esta vida y la de aquella persona que trabaja horas rutinarias y frenéticas en
un supermercado? Son preguntas que me circulan por la mente, como tantas otras,
que trae aparejado el viajar, el no tener rutina, el disponer de tiempo de
observadora de la realidad.
Bolivia es
un país que además de estas impresiones culturales sigue sorprendiéndome por
sus bellezas naturales. La inmensidad de sus montañas, los atardeceres más
lindos que vi en mi vida, el azul del lago Titicaca, el clima ideal de algunas
de sus ciudades.
Pero lo que
más me conmueve y llena de emoción interna es presenciar sus fiestas y
celebraciones. Todos bailan, todos cantan, todos tocan instrumentos. La
religiosidad vivida de otra manera, dejando el silencio que caracteriza a la
comunidad católica argentina, por procesiones llenas de color, alegría, cantos,
y hasta alcohol. Un lindo sincretismo producto de fusiones históricas, que
también tienen su huella de un pueblo que fue sometido pero que luchó por
conservar algo de lo suyo.
Sin dudas,
Bolivia es un país que invita a recorrer, a descubrir, a asombrarse y
emocionarse. A dejar de lado ciertas pautas culturales establecidas como lo
“correcto”, para dejarse llevar por el conocimiento de un pueblo distinto,
fuerte y emocionante.
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