Visitar Quito fue una experiencia (nuevamente) hermosa. No solo por volver a encontrarme con gente muy querida y tener un mes de vida de "hogar" sino porque es una ciudad que crece, avanza y brinda mucho para el visitante. Ya en nuestra llegada me sorprendió. La vieja terminal de colectivos, enclavada en el medio del centro, que provocaba rechazo cuando bajaba el sol por la sensación de inseguridad, la suciedad y lo precario de sus instalaciones fue reemplazada por dos modernas nuevas terminales, una en el extremo sur de la ciudad y otra en el norte. Funcionales, grandes y limpias, conectan directamente con la línea del trolebus y por escasas monedas hicimos un viaje de casi 1 hora, con combinación de un colectivo integrado que nos dejo en la puerta de la casa.
Pasamos un mes en Quito, donde estuvimos más tiempo adentro que afuera, sin embargo pudimos aprovechar las propuestas de la ciudad. El gigante parque Carolina, donde felices luego de conseguir yerba nuevamente, pasamos algunas tardes compartiendo mates y viendo la infinidad de gente que disfruta de este enorme parque. El mirador desde la Basilica, con los atardeceres mas hermosos del mundo y los rayos de sol entrando por las nubes. El museo de arte contemporáneo, arquitectonicamente bello y con muestras interesantes.
Sin embargo lo que quedará guardado en la retina con un tinte especial, fue la posibilidad de vivenciar un hecho histórico para el país: la elección de Rafael Correa nuevamente como presidente. Volver luego de 5 años me permitió ver las diferencias con aquel país que había visitado en el 2009: ahora un país con educación y salud pública, bono de ayuda para las familias mas humildes, cobertura para las personas con discapacidad, existencia de un Ministerio de Justicia, de Cultura y muchísimas medidas más. Sin duda, participamos en la Avenida Los Shryris del recibimiento del presidente con todo su equipo en la victoria electoral compartiendo la alegría, el fervor y la esperanza de las miles personas reunidas con sus banderas verdes. Fue emocionante estar ahí.
Quito, ciudad capital pequeña pero enorme, ubicación estrátegica con el resto del país, a 3 horas del mar, a 4 horas de la selva, a 2 de aguas termales en la montaña, es sin dudas más que un destino turístico.
Se transformó en paisaje
sábado, 30 de marzo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
La bella Cuenca
Decir que
Cuenca es una ciudad linda es casi una obviedad. Y no es para menos, es una
localidad de 400.000 habitantes emplazada en un paisaje de cuento. El río
Tomebamba atraviesa la ciudad dividiendo la parte histórica con la moderna, y
se encuentra rodeado por un camino ideal para largas caminatas con el sonido
del agua como fondo. Además, uno puede bajar hasta la orilla y permanecer horas
ahí, contemplando el paisaje rodeado de río, piedras, verde y puentes. Las
montañas rodean a la ciudad que por su altura presenta una temperatura ideal
casi todo el año y una variación importante en un solo día. Arquitectónicamente
es una joya. Edificios históricos, iglesias con cúpulas gigantes celestes,
techos de teja y mucha área verde. Y el cielo merece un comentario aparte. En
mi vida ví unas nubes tan bellas, con haces de luz entrando por las montañas y
por la tardecita el cielo se vuelve gris, de aquellos que anticipan una tormenta,
pero nada pasa, como mucho una leve llovizna. Existen algunos puntos
característicos de la ciudad como el mercado de flores, frente a una pequeña
iglesia, donde todos los días las mujeres montan sus puestos con rosas de todos
los colores imaginables y variedad de otras especies; el mirador de Turi, el
cual ofrece una vista panorámica de la ciudad desde lo más alto y el centro
histórico, declarado patrimonio de la humanidad.
Otra ventaja
importante de la ciudad es su cercanía con Baños, un pueblito que tiene por muy
bajo costo, instalaciones donde disfrutar de aguas termales y saunas, así como
el Parque Nacional Cajas, a unos kilómetros de la ciudad.
Se ha
declarado a Cuenca como ciudad de calidad de vida, y eso atrajo a muchos
extranjeros que decidieron instalarse poniendo sus locales como hoteles o
restaurant. Justamente estuvimos parando en un hostal de un argentino, que
compró hace varios años una casa casi en destrucción y la convirtió en una
posada hermosa con techos de vidrio que hacen que uno esté todo el tiempo
mirando hacia arriba.
La verdad,
podría poner algunos puntos negativos de la ciudad, pero en dos semanas que
estuvimos aquí no los encontramos. Tal vez una permanencia más larga permite
descubrirlos, o simplemente no y por algo se confirma que es la ciudad más
bella de Ecuador.
Montañita, Ecuador
Montañita es de aquellas ciudades impersonales, donde todo esta pensado para el turismo, viajeros jóvenes, con ganas de divertirse, salir por las noches, consumir alcohol y drogas. Decidimos pasar las fiestas en esta pequeña localidad, época en la que como es común en cualquier destino turístico, los precios van elevándose con el correr de los días y la gente comienza a distribuirse por las calles como hormigas. Si uno busca salidas nocturnas, mucho movimiento y diversidad de nacionalidades piense en Montañita como destino, sino mejor, ni intentarlo. El año nuevo tiene una tradición interesante de quema de muñecos en la playa, donde a las 12 de la noche la orilla del mar se llena de miles de personas que festejan, bailan, toman y contemplan los impresionantes fuegos artificiales.
Las playas son preciosas, solo caminando una media hora, uno encuentra kilómetros de arena en soledad con un mar de temperatura cálida y agua transparente.
Los mejores hallazgos gastronómicos los vivenciamos aquí: un argentino radicado en Montañita que preparaba unos pescados a la parrilla por solo 3 dólares, increíbles y un italiano que había abierto un pequeño comedor y por solo 4 dólares uno disfrutaba de comida gourmet como ñoquis con mariscos, una delicia que aún extrañamos.
Las playas son preciosas, solo caminando una media hora, uno encuentra kilómetros de arena en soledad con un mar de temperatura cálida y agua transparente.
Los mejores hallazgos gastronómicos los vivenciamos aquí: un argentino radicado en Montañita que preparaba unos pescados a la parrilla por solo 3 dólares, increíbles y un italiano que había abierto un pequeño comedor y por solo 4 dólares uno disfrutaba de comida gourmet como ñoquis con mariscos, una delicia que aún extrañamos.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Iquitos
Imagínense
una ciudad aislada, sin ninguna carretera que la conecte, en el medio de la
Amazonía Peruana y con un calor desbordante. Eso es Iquitos, pero en realidad
es mucho más. Conviven más de 500.000 personas y habrá en promedio la misma
cantidad de mototaxis (o tuk tuk como prefiere llamarlos mi sobrina), por lo
que cruzar la calle sin que alguno te pase cerca es todo un desafío. Apenas
llegamos al puerto el choque con el paisaje del barco fue rápido, el calor se
hacía sentir con mucha fuerza, la suciedad y desorden invadían el lugar y los
lugareños literalmente nos interceptaron para ofrecer su servicio de traslados.
Las primeras horas en esta localidad las vivimos enojados, fue difícil imponer
el NO a todos los que se nos acercaban para ofrecer llevarnos a diferentes
hostels para cobrar su comisión. Nos sentimos impotentes frente al hecho de que
nos tomen como turistas con dinero y que quieran aprovecharse de nuestra
situación de desconocimiento del lugar, situación frecuente cuando uno viaja al
extranjero, pero que aquí lo vivenciamos al extremo. Por suerte, los días
siguientes nos permitieron conocer más la idiosincrasia del habitante de la
selva, personas muy charlatanas, relajadas, con un estilo de vida muy
apaciguado. Algunos dicen que en Iquitos no existe la ley, o que es como el
lejano oeste. Y por lo que vimos, parece que es cierto. La ciudad está a medio
construir y da la impresión de precariedad en todo lo que uno visita, el centro
es completamente diferente a otros centros de ciudades de envergadura como
esta. Hay edificios a medio construir, construcciones precarias o en estado de
abandono, una falta de armonía estética total.
El mercado
de Belén es uno de los más importantes de la ciudad. Se encuentra pegado al
barrio que lleva el mismo nombre, el cuál con la subida del río se convierte en
la “Venecia del Amazonas”. Pero lejos está de parecerse a esta ciudad Italiana
ya que entristece ver las condiciones de precariedad y pobreza en las cuales
viven los habitantes de este barrio. El mercado está compuesto por muchas
cuadras repletas de tablones donde los comerciantes ofrecen sus productos. Y
hay para todos los gustos, pero eso sí, no apto para aquellos un poco
impresionables. Podemos encontrar desde frutas y verduras, pescados de todo
tipo, carne de tortuga (a pesar que es ilegal su comercialización), preparados
de ayahuasca o San Pedro, pócimas para el amor, ropa, comida y todo lo que uno
imagine. Mucho olor, color, sonidos, una vivencia sensorial para cualquiera que
lo visite, más aún para nosotros que lo hacíamos por primera vez y todo
saturaba. Encontramos que aquí, a diferencia de Bolivia, por ejemplo, la gente
accedía sin problemas a sacarse fotos e incluso algunos pedían ellos mismos que
los retratemos.
Una de las
cosas que más nos llamó la atención de Iquitos es la cantidad de homosexuales y
travestis que vimos. Es muy interesante cómo la ciudad es totalmente abierta a
las diversidades de género y se percibe en el ambiente un aire de tolerancia,
totalmente contrario a la pacatez de otras grandes urbes de Perú, muy
conservadoras.
A solo
algunos minutos de la ciudad uno puede tomar una lancha y visitar comunidades
nativas o reservas donde estar con monos, osos dormilones, anacondas, tortugas
y tucanes. Navegar por el oscuro río, tan contaminado que da pena, pero que no
deja de impresionar con su paisaje.
Iquitos, sin dudas, es como un mundo aparte dentro de Perú.
martes, 13 de noviembre de 2012
Viajando por la Amazonía
Iquitos es
la ciudad más grande del mundo a la cual solo se puede acceder por avión o
barco, quedando de esta manera bastante aislados los más de 500.000 habitantes
de esta localidad de la Amazonia Peruana. Para llegar a la misma optamos por el
viaje en barco de cuatro días, tanto a la ida como a la vuelta, ya que a pesar
que los costos del avión no son excesivos, no queríamos dejar de vivir esta
experiencia totalmente nueva para nosotros. Y no nos arrepentimos, al
contrario, los casi ocho días vividos en las lanchas (así le llaman los
habitantes del lugar a estas grandes embarcaciones) nos brindaron imágenes y recuerdos que seguramente tendrán
un rincón especial en las miles de anécdotas de este viaje.
Luego de un
recorrido de muchas curvas desde la ciudad de Tarapoto llegamos a Yurimaguas,
donde nos embarcamos en el Eduardo I, colgamos nuestras hamacas y esperamos
cerca de dos horas para que el capitán se disponga a prender el motor. La embarcación
cuenta con tres pisos, el primero destinado a la carga y los restantes para
pasajeros distribuidos en unos escasos, pequeños y hasta asfixiantes camarotes
y espacios libres para colgar cerca de 200 hamacas. Bastante cercas unas de otras
y con todo el equipaje sobre el piso el viaje sobre el río Marañon es una
experiencia única. En los tres días para llegar a Iquitos el barco pasa por
distintas localidades, completamente aisladas, compuestas de humildes casitas
de madera, donde los habitantes suben a vender comida, frutas y hasta animales
como loros o tortugas. Es emocionante pararse en la proa y contemplar la
llegada a estas pequeñas aldeas, ver cómo la gente en la costa está ansiosa
esperado su llegada y la vida del pueblo se paraliza por unos minutos. Uno no
puede dejar de imaginar cómo será la vida aquí, lejos de todo, en condiciones
tan precarias, y en la naturaleza misma en estado salvaje como marco.
Los días en
el barco transcurren tranquilos, serenos y la dimensión del tiempo cambia
abruptamente de lo que estamos acostumbrados en la ciudad. El día arranca bien
temprano, cerca de las seis, cuando el timbre suena para anunciar que el
desayuno está listo y el sol empieza a asomarse. Sin computadoras, sin
televisión y sin posibilidad de pasear por ahí, las condiciones nos obligaron a
ocupar el tiempo en aquello que tanto nos gusta: leer, escribir, jugar a las
cartas, sacar fotos, charlar, contemplar el paisaje y claro, dormir
plácidamente.
Vimos los
atardeceres más lindos de nuestras vidas, cuando el sol se va escondiendo y
deja pincelados de un rojo y rosado furioso y la noche se contempla hermosa
llena de estrellas en el cielo y el sonido calmo y relajante del río.
La comida
que ofrecen los cocineros de la embarcación lejos está de ser un manjar y sólo
sirve para la estricta función de alimentarse. Arroz, arroz y más arroz fue el
menú clásico de cada almuerzo y cena, la cual sirven a las cinco de la tarde,
hora en que nosotros generalmente empezamos a merendar.
Indigna bastante
la relación de los pasajeros con el río, los cuales lejos de cuidar el
ecosistema, convierten las aguas en depósito de todo lo que haya que desechar
desde papeles, plásticos, pañales, comida y hasta lo inimaginable, a pesar que
en el barco hay más de diez tachos de basura.
Y por
último, y no por eso menos destacable, las violentas lluvias y tormentas eléctricas
que vivenciamos casi todos los días a bordo, formaba un hermoso paisaje que
junto a la música de Titanic que sonaba desde algún celular volvía la escena
hasta un tanto surrealista.
Sin dudas,
vale la pena animarse a la precariedad de los baños, la poca imaginación de los
cocineros y la vida por algunos días comunitaria y compartida a cambio de una
experiencia realmente inolvidable, que para los lugareños puede ser un lugar común,
pero para nosotros, una vivencia llena de excentricidad.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Lima, la ciudad gris
La ciudad de
Lima nos sorprendió. Pensábamos encontrarnos con un polo totalmente histórico y
colonial y por el contrario, descubrimos un centro moderno, ordenado y cuidado.
Hay que tener en cuenta que nos movimos por distritos urbanísticos donde hay
dinero, claro que existen los “conos” que son barrios periféricos al borde de
la montaña donde abunda la pobreza. Pero haciendo esta salvedad, nos impresionó
la diferencia radical con otras ciudades de Perú. Descubrimos una capital con
su bello mar, el cual sorprende por su claro color y los acantilados que lo
rodean. Los parques son muy lindos, mucho espacio verde y por primera vez en el
viaje, volvimos a ver juegos para niños como toboganes o hamacas.
Lima es la
ciudad ideal para degustar la gastronomía peruana, un sello identitario de
orgullo para cualquier Peruano. Desde los ceviches, los anticuchos, las sopas y
carnes, hasta las bebidas típicas, como el famoso Pisco Sour que se ofrece en
cualquier bar.
Se observa
por las calles una clara política de construcción de ciudadanía, con carteles
que invitan a respetar las diferencias o no tocar bocina constantemente, por
citar algunos ejemplos. El centro histórico está en pleno proceso de
reconstrucción, refuncionalizando todos los edificios viejos, convirtiéndolos
en modernas construcciones pero que conservan su fachada original.
Pasamos unos
lindos días en Lima, sin dudas una ciudad que invita a recorrerla y
descubrirla.
jueves, 18 de octubre de 2012
Machu Pichu
Tal como lo
habíamos planeado festejamos el cumple de Santi en las Ruinas de Machu Pichu,
sus primeros 28 años. Yo era la segunda vez que las visitaba, pero esta vez me
propuse llegar más descansada, con tiempo y sin guías. Hicimos el recorrido más
económico que existe actualmente para llegar: caminar desde la hidroeléctrica
hasta Aguas Calientes y de aquí hasta Machu Pichu. El paisaje del recorrido es
realmente hermoso, mucha vegetación, río, montañas impresionantes, son casi 3
horas de una linda caminata al costado de las vías del tren. Luego la subida de
Aguas Calientes a Machu Pichu es otra historia, son más de 1700 escalones (sí,
los contamos) pero valen la pena.
No podría
decir que conocer las ruinas, para mí, fue una experiencia de conexión profunda,
mística o que te cambia la vida. Creo que hay que tener bien entrenado el poder
de meditación para poder conectarse realmente y en profundidad con el lugar.
Eso no implica no disfrutarlo, no, para nada, pero si sabiendo que al ser una
de las ruinas más famosas del mundo, hay todos los días miles de turistas, es
un gran negocio por eso te cobran para todo, incluso ahora para subir a la
montaña del Huayna Pichu y hay senderos establecidos y cuidadores que todo el
tiempo te están marcando lo que se puede y no se puede hacer. De todas maneras,
sabiendo esto, uno puede instalarse arriba, cerca de la casa del guardián,
donde a mi parecer esta la mejor vista, aislarse un poquito y contemplar. El
emplazamiento geográfico es realmente impactante, la ciudadela se encuentra
como escondida, perdida, entre medio de enormes montañas de formas muy
diferentes a las montañas que uno puede ver en otro lugar. Sorprende la
construcción, la perfección del encastre de las piedras.Las masas de turistas con su guía y banderita se van moviendo regularmente de un punto de postal a otro, sacan fotos durante alrededor de 3 minutos y siguen hacia otro punto al tiempo que va llegando otro contingente. Este movimiento regular y sistemático se repite una y otra vez. Uno puede plegarse a el, o bien puede intentar aislarse y disfrutar del lugar con otro tiempo, más tranquilo, más lento. Así, además de la espectacularidad de las ruinas, comienza a manifestarse otro espectáculo, el del movimiento de la naturaleza en ese marco fantástico.
Si se llega caminando desde Aguas Calientes, se puede ver como la neblina matinal se va desprendiendo de las zonas bajas de los valles y trepa por las escarpadas laderas de las montañas, desde mas alto se ven esas nubes circulando como ríos. Los sonidos de la selva, los olores a vegetación húmeda.
Si bien es un lugar invadido y transformado por el turismo, no han, todavía, destruido el encanto, la magia. Hay, creo, 4 elementos que conjugados hacen único a este lugar: las montañas imposibles, la vegetación, la niebla… y también las ruinas. Que son impresionantes, pero se disfrutan aún más cuando se contemplan como parte del paisaje total, y no como un muestrario de postales. Alejarse, tomar distancia, tomarse el tiempo para ver como las nubes se mueven, para ver como cambian las tonalidades de los verdes, como el sol va iluminando en diferentes tonos distintos rincones, ver las sombras que se proyectan sobre las terrazas de cultivo…
Todavía es un paisaje que emociona.
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