martes, 13 de noviembre de 2012

Viajando por la Amazonía


Iquitos es la ciudad más grande del mundo a la cual solo se puede acceder por avión o barco, quedando de esta manera bastante aislados los más de 500.000 habitantes de esta localidad de la Amazonia Peruana. Para llegar a la misma optamos por el viaje en barco de cuatro días, tanto a la ida como a la vuelta, ya que a pesar que los costos del avión no son excesivos, no queríamos dejar de vivir esta experiencia totalmente nueva para nosotros. Y no nos arrepentimos, al contrario, los casi ocho días vividos en las lanchas (así le llaman los habitantes del lugar a estas grandes embarcaciones) nos brindaron  imágenes y recuerdos que seguramente tendrán un rincón especial en las miles de anécdotas de este viaje.
Luego de un recorrido de muchas curvas desde la ciudad de Tarapoto llegamos a Yurimaguas, donde nos embarcamos en el Eduardo I, colgamos nuestras hamacas y esperamos cerca de dos horas para que el capitán se disponga a prender el motor. La embarcación cuenta con tres pisos, el primero destinado a la carga y los restantes para pasajeros distribuidos en unos escasos, pequeños y hasta asfixiantes camarotes y espacios libres para colgar cerca de 200 hamacas. Bastante cercas unas de otras y con todo el equipaje sobre el piso el viaje sobre el río Marañon es una experiencia única. En los tres días para llegar a Iquitos el barco pasa por distintas localidades, completamente aisladas, compuestas de humildes casitas de madera, donde los habitantes suben a vender comida, frutas y hasta animales como loros o tortugas. Es emocionante pararse en la proa y contemplar la llegada a estas pequeñas aldeas, ver cómo la gente en la costa está ansiosa esperado su llegada y la vida del pueblo se paraliza por unos minutos. Uno no puede dejar de imaginar cómo será la vida aquí, lejos de todo, en condiciones tan precarias, y en la naturaleza misma en estado salvaje como marco.
Los días en el barco transcurren tranquilos, serenos y la dimensión del tiempo cambia abruptamente de lo que estamos acostumbrados en la ciudad. El día arranca bien temprano, cerca de las seis, cuando el timbre suena para anunciar que el desayuno está listo y el sol empieza a asomarse. Sin computadoras, sin televisión y sin posibilidad de pasear por ahí, las condiciones nos obligaron a ocupar el tiempo en aquello que tanto nos gusta: leer, escribir, jugar a las cartas, sacar fotos, charlar, contemplar el paisaje y claro, dormir plácidamente.
Vimos los atardeceres más lindos de nuestras vidas, cuando el sol se va escondiendo y deja pincelados de un rojo y rosado furioso y la noche se contempla hermosa llena de estrellas en el cielo y el sonido calmo y relajante del río.
La comida que ofrecen los cocineros de la embarcación lejos está de ser un manjar y sólo sirve para la estricta función de alimentarse. Arroz, arroz y más arroz fue el menú clásico de cada almuerzo y cena, la cual sirven a las cinco de la tarde, hora en que nosotros generalmente empezamos a merendar.
Indigna bastante la relación de los pasajeros con el río, los cuales lejos de cuidar el ecosistema, convierten las aguas en depósito de todo lo que haya que desechar desde papeles, plásticos, pañales, comida y hasta lo inimaginable, a pesar que en el barco hay más de diez tachos de basura.
Y por último, y no por eso menos destacable, las violentas lluvias y tormentas eléctricas que vivenciamos casi todos los días a bordo, formaba un hermoso paisaje que junto a la música de Titanic que sonaba desde algún celular volvía la escena hasta un tanto surrealista.
Sin dudas, vale la pena animarse a la precariedad de los baños, la poca imaginación de los cocineros y la vida por algunos días comunitaria y compartida a cambio de una experiencia realmente inolvidable, que para los lugareños puede ser un lugar común, pero para nosotros, una vivencia llena de excentricidad.













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