Iquitos es
la ciudad más grande del mundo a la cual solo se puede acceder por avión o
barco, quedando de esta manera bastante aislados los más de 500.000 habitantes
de esta localidad de la Amazonia Peruana. Para llegar a la misma optamos por el
viaje en barco de cuatro días, tanto a la ida como a la vuelta, ya que a pesar
que los costos del avión no son excesivos, no queríamos dejar de vivir esta
experiencia totalmente nueva para nosotros. Y no nos arrepentimos, al
contrario, los casi ocho días vividos en las lanchas (así le llaman los
habitantes del lugar a estas grandes embarcaciones) nos brindaron imágenes y recuerdos que seguramente tendrán
un rincón especial en las miles de anécdotas de este viaje.
Luego de un
recorrido de muchas curvas desde la ciudad de Tarapoto llegamos a Yurimaguas,
donde nos embarcamos en el Eduardo I, colgamos nuestras hamacas y esperamos
cerca de dos horas para que el capitán se disponga a prender el motor. La embarcación
cuenta con tres pisos, el primero destinado a la carga y los restantes para
pasajeros distribuidos en unos escasos, pequeños y hasta asfixiantes camarotes
y espacios libres para colgar cerca de 200 hamacas. Bastante cercas unas de otras
y con todo el equipaje sobre el piso el viaje sobre el río Marañon es una
experiencia única. En los tres días para llegar a Iquitos el barco pasa por
distintas localidades, completamente aisladas, compuestas de humildes casitas
de madera, donde los habitantes suben a vender comida, frutas y hasta animales
como loros o tortugas. Es emocionante pararse en la proa y contemplar la
llegada a estas pequeñas aldeas, ver cómo la gente en la costa está ansiosa
esperado su llegada y la vida del pueblo se paraliza por unos minutos. Uno no
puede dejar de imaginar cómo será la vida aquí, lejos de todo, en condiciones
tan precarias, y en la naturaleza misma en estado salvaje como marco.
Los días en
el barco transcurren tranquilos, serenos y la dimensión del tiempo cambia
abruptamente de lo que estamos acostumbrados en la ciudad. El día arranca bien
temprano, cerca de las seis, cuando el timbre suena para anunciar que el
desayuno está listo y el sol empieza a asomarse. Sin computadoras, sin
televisión y sin posibilidad de pasear por ahí, las condiciones nos obligaron a
ocupar el tiempo en aquello que tanto nos gusta: leer, escribir, jugar a las
cartas, sacar fotos, charlar, contemplar el paisaje y claro, dormir
plácidamente.
Vimos los
atardeceres más lindos de nuestras vidas, cuando el sol se va escondiendo y
deja pincelados de un rojo y rosado furioso y la noche se contempla hermosa
llena de estrellas en el cielo y el sonido calmo y relajante del río.
La comida
que ofrecen los cocineros de la embarcación lejos está de ser un manjar y sólo
sirve para la estricta función de alimentarse. Arroz, arroz y más arroz fue el
menú clásico de cada almuerzo y cena, la cual sirven a las cinco de la tarde,
hora en que nosotros generalmente empezamos a merendar.
Indigna bastante
la relación de los pasajeros con el río, los cuales lejos de cuidar el
ecosistema, convierten las aguas en depósito de todo lo que haya que desechar
desde papeles, plásticos, pañales, comida y hasta lo inimaginable, a pesar que
en el barco hay más de diez tachos de basura.
Y por
último, y no por eso menos destacable, las violentas lluvias y tormentas eléctricas
que vivenciamos casi todos los días a bordo, formaba un hermoso paisaje que
junto a la música de Titanic que sonaba desde algún celular volvía la escena
hasta un tanto surrealista.
Sin dudas,
vale la pena animarse a la precariedad de los baños, la poca imaginación de los
cocineros y la vida por algunos días comunitaria y compartida a cambio de una
experiencia realmente inolvidable, que para los lugareños puede ser un lugar común,
pero para nosotros, una vivencia llena de excentricidad.











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