domingo, 18 de noviembre de 2012

Iquitos


Imagínense una ciudad aislada, sin ninguna carretera que la conecte, en el medio de la Amazonía Peruana y con un calor desbordante. Eso es Iquitos, pero en realidad es mucho más. Conviven más de 500.000 personas y habrá en promedio la misma cantidad de mototaxis (o tuk tuk como prefiere llamarlos mi sobrina), por lo que cruzar la calle sin que alguno te pase cerca es todo un desafío. Apenas llegamos al puerto el choque con el paisaje del barco fue rápido, el calor se hacía sentir con mucha fuerza, la suciedad y desorden invadían el lugar y los lugareños literalmente nos interceptaron para ofrecer su servicio de traslados. Las primeras horas en esta localidad las vivimos enojados, fue difícil imponer el NO a todos los que se nos acercaban para ofrecer llevarnos a diferentes hostels para cobrar su comisión. Nos sentimos impotentes frente al hecho de que nos tomen como turistas con dinero y que quieran aprovecharse de nuestra situación de desconocimiento del lugar, situación frecuente cuando uno viaja al extranjero, pero que aquí lo vivenciamos al extremo. Por suerte, los días siguientes nos permitieron conocer más la idiosincrasia del habitante de la selva, personas muy charlatanas, relajadas, con un estilo de vida muy apaciguado. Algunos dicen que en Iquitos no existe la ley, o que es como el lejano oeste. Y por lo que vimos, parece que es cierto. La ciudad está a medio construir y da la impresión de precariedad en todo lo que uno visita, el centro es completamente diferente a otros centros de ciudades de envergadura como esta. Hay edificios a medio construir, construcciones precarias o en estado de abandono, una falta de armonía estética total.
El mercado de Belén es uno de los más importantes de la ciudad. Se encuentra pegado al barrio que lleva el mismo nombre, el cuál con la subida del río se convierte en la “Venecia del Amazonas”. Pero lejos está de parecerse a esta ciudad Italiana ya que entristece ver las condiciones de precariedad y pobreza en las cuales viven los habitantes de este barrio. El mercado está compuesto por muchas cuadras repletas de tablones donde los comerciantes ofrecen sus productos. Y hay para todos los gustos, pero eso sí, no apto para aquellos un poco impresionables. Podemos encontrar desde frutas y verduras, pescados de todo tipo, carne de tortuga (a pesar que es ilegal su comercialización), preparados de ayahuasca o San Pedro, pócimas para el amor, ropa, comida y todo lo que uno imagine. Mucho olor, color, sonidos, una vivencia sensorial para cualquiera que lo visite, más aún para nosotros que lo hacíamos por primera vez y todo saturaba. Encontramos que aquí, a diferencia de Bolivia, por ejemplo, la gente accedía sin problemas a sacarse fotos e incluso algunos pedían ellos mismos que los retratemos.
Una de las cosas que más nos llamó la atención de Iquitos es la cantidad de homosexuales y travestis que vimos. Es muy interesante cómo la ciudad es totalmente abierta a las diversidades de género y se percibe en el ambiente un aire de tolerancia, totalmente contrario a la pacatez de otras grandes urbes de Perú, muy conservadoras.
A solo algunos minutos de la ciudad uno puede tomar una lancha y visitar comunidades nativas o reservas donde estar con monos, osos dormilones, anacondas, tortugas y tucanes. Navegar por el oscuro río, tan contaminado que da pena, pero que no deja de impresionar con su paisaje.
Iquitos, sin dudas, es como un mundo aparte dentro de Perú.



















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