Imagínense
una ciudad aislada, sin ninguna carretera que la conecte, en el medio de la
Amazonía Peruana y con un calor desbordante. Eso es Iquitos, pero en realidad
es mucho más. Conviven más de 500.000 personas y habrá en promedio la misma
cantidad de mototaxis (o tuk tuk como prefiere llamarlos mi sobrina), por lo
que cruzar la calle sin que alguno te pase cerca es todo un desafío. Apenas
llegamos al puerto el choque con el paisaje del barco fue rápido, el calor se
hacía sentir con mucha fuerza, la suciedad y desorden invadían el lugar y los
lugareños literalmente nos interceptaron para ofrecer su servicio de traslados.
Las primeras horas en esta localidad las vivimos enojados, fue difícil imponer
el NO a todos los que se nos acercaban para ofrecer llevarnos a diferentes
hostels para cobrar su comisión. Nos sentimos impotentes frente al hecho de que
nos tomen como turistas con dinero y que quieran aprovecharse de nuestra
situación de desconocimiento del lugar, situación frecuente cuando uno viaja al
extranjero, pero que aquí lo vivenciamos al extremo. Por suerte, los días
siguientes nos permitieron conocer más la idiosincrasia del habitante de la
selva, personas muy charlatanas, relajadas, con un estilo de vida muy
apaciguado. Algunos dicen que en Iquitos no existe la ley, o que es como el
lejano oeste. Y por lo que vimos, parece que es cierto. La ciudad está a medio
construir y da la impresión de precariedad en todo lo que uno visita, el centro
es completamente diferente a otros centros de ciudades de envergadura como
esta. Hay edificios a medio construir, construcciones precarias o en estado de
abandono, una falta de armonía estética total.
El mercado
de Belén es uno de los más importantes de la ciudad. Se encuentra pegado al
barrio que lleva el mismo nombre, el cuál con la subida del río se convierte en
la “Venecia del Amazonas”. Pero lejos está de parecerse a esta ciudad Italiana
ya que entristece ver las condiciones de precariedad y pobreza en las cuales
viven los habitantes de este barrio. El mercado está compuesto por muchas
cuadras repletas de tablones donde los comerciantes ofrecen sus productos. Y
hay para todos los gustos, pero eso sí, no apto para aquellos un poco
impresionables. Podemos encontrar desde frutas y verduras, pescados de todo
tipo, carne de tortuga (a pesar que es ilegal su comercialización), preparados
de ayahuasca o San Pedro, pócimas para el amor, ropa, comida y todo lo que uno
imagine. Mucho olor, color, sonidos, una vivencia sensorial para cualquiera que
lo visite, más aún para nosotros que lo hacíamos por primera vez y todo
saturaba. Encontramos que aquí, a diferencia de Bolivia, por ejemplo, la gente
accedía sin problemas a sacarse fotos e incluso algunos pedían ellos mismos que
los retratemos.
Una de las
cosas que más nos llamó la atención de Iquitos es la cantidad de homosexuales y
travestis que vimos. Es muy interesante cómo la ciudad es totalmente abierta a
las diversidades de género y se percibe en el ambiente un aire de tolerancia,
totalmente contrario a la pacatez de otras grandes urbes de Perú, muy
conservadoras.
A solo
algunos minutos de la ciudad uno puede tomar una lancha y visitar comunidades
nativas o reservas donde estar con monos, osos dormilones, anacondas, tortugas
y tucanes. Navegar por el oscuro río, tan contaminado que da pena, pero que no
deja de impresionar con su paisaje.
Iquitos, sin dudas, es como un mundo aparte dentro de Perú.
















































