Tal como lo
habíamos planeado festejamos el cumple de Santi en las Ruinas de Machu Pichu,
sus primeros 28 años. Yo era la segunda vez que las visitaba, pero esta vez me
propuse llegar más descansada, con tiempo y sin guías. Hicimos el recorrido más
económico que existe actualmente para llegar: caminar desde la hidroeléctrica
hasta Aguas Calientes y de aquí hasta Machu Pichu. El paisaje del recorrido es
realmente hermoso, mucha vegetación, río, montañas impresionantes, son casi 3
horas de una linda caminata al costado de las vías del tren. Luego la subida de
Aguas Calientes a Machu Pichu es otra historia, son más de 1700 escalones (sí,
los contamos) pero valen la pena.
No podría
decir que conocer las ruinas, para mí, fue una experiencia de conexión profunda,
mística o que te cambia la vida. Creo que hay que tener bien entrenado el poder
de meditación para poder conectarse realmente y en profundidad con el lugar.
Eso no implica no disfrutarlo, no, para nada, pero si sabiendo que al ser una
de las ruinas más famosas del mundo, hay todos los días miles de turistas, es
un gran negocio por eso te cobran para todo, incluso ahora para subir a la
montaña del Huayna Pichu y hay senderos establecidos y cuidadores que todo el
tiempo te están marcando lo que se puede y no se puede hacer. De todas maneras,
sabiendo esto, uno puede instalarse arriba, cerca de la casa del guardián,
donde a mi parecer esta la mejor vista, aislarse un poquito y contemplar. El
emplazamiento geográfico es realmente impactante, la ciudadela se encuentra
como escondida, perdida, entre medio de enormes montañas de formas muy
diferentes a las montañas que uno puede ver en otro lugar. Sorprende la
construcción, la perfección del encastre de las piedras.Las masas de turistas con su guía y banderita se van moviendo regularmente de un punto de postal a otro, sacan fotos durante alrededor de 3 minutos y siguen hacia otro punto al tiempo que va llegando otro contingente. Este movimiento regular y sistemático se repite una y otra vez. Uno puede plegarse a el, o bien puede intentar aislarse y disfrutar del lugar con otro tiempo, más tranquilo, más lento. Así, además de la espectacularidad de las ruinas, comienza a manifestarse otro espectáculo, el del movimiento de la naturaleza en ese marco fantástico.
Si se llega caminando desde Aguas Calientes, se puede ver como la neblina matinal se va desprendiendo de las zonas bajas de los valles y trepa por las escarpadas laderas de las montañas, desde mas alto se ven esas nubes circulando como ríos. Los sonidos de la selva, los olores a vegetación húmeda.
Si bien es un lugar invadido y transformado por el turismo, no han, todavía, destruido el encanto, la magia. Hay, creo, 4 elementos que conjugados hacen único a este lugar: las montañas imposibles, la vegetación, la niebla… y también las ruinas. Que son impresionantes, pero se disfrutan aún más cuando se contemplan como parte del paisaje total, y no como un muestrario de postales. Alejarse, tomar distancia, tomarse el tiempo para ver como las nubes se mueven, para ver como cambian las tonalidades de los verdes, como el sol va iluminando en diferentes tonos distintos rincones, ver las sombras que se proyectan sobre las terrazas de cultivo…
Todavía es un paisaje que emociona.








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